Un día y una noche de Brahma
La cápsula Dessubah de simulación de combate se agitó furiosamente dentro de su canasta de suspensión de gravedad nula. Por las superficies exteriores de su estructura en forma de huevo serpentearon ásperas descargas eléctricas. Un violento torbellino de colores caleidoscópicos fluyó a través de la envoltura de partículas ionizadas que rodeaban la máquina. Después, súbitamente, la cápsula vibró y se detuvo, y se instaló en los brazos abiertos de su soporte de sujeción. Momentos más tarde, los sellos de cierre de emergencia se rompieron, llenando la Sala Esterilizada de ondulantes y mortíferas nubes de gas venenoso. El silencio fue roto por el grito agudo del ocupante de la cápsula.
—Eliminen el gas inmediatamente —ordenó un técnico, vestido con chaqueta blanca, desde el interior del cubículo de seguridad con paredes de cristal que estaba en el centro de la Sala Esterilizada. Después se volvió hacia el uniformado oficial que estaba de pie a su lado y preguntó:
—¿Desea entrar conmigo, señor?
Jacob Masters miró durante un largo minuto la parpadeante fluorescencia de los monitores del cubículo de seguridad. Y, por fin, murmuró:
—No. Disponga del cuerpo como de costumbre, y después repare la cápsula.
—Lo que usted diga, señor.
Masters miró impasiblemente cómo el técnico se ponía una mascarilla protectora contra el gas y salía a la Sala Esterilizada a través de la esclusa de aire. Había tenido lugar otro fallo, pensó. Otro catastrófico fallo. Y esto significaba que él tendría que reclutar otro simulador, otro individuo que ocupase el lugar del que había muerto aquella mañana.
El técnico sacó el rígido y contraído cadáver, y lo depositó en el suelo, fuera de la cápsula.
—Temo que parece lo mismo que otras veces, señor —dijo, volviéndose hacia Masters—. No pudo soportar la total integración con el ordenador. —Y señaló las reveladoras fracturas del cráneo del cadáver.
—Muy bien. Haga limpiar este lugar y esté preparado para continuar con las pruebas dentro de una semana.
—Si, señor.
Masters alargó la mano y apretó con firmeza el pequeño botón que hacía descender el cubículo de seguridad a través del suelo hacia el área principal del laboratorio. «¡Integración total!», gritó su mente mientras la Sala Esterilizada desaparecía de su vista. ¿Lograría encontrar a alguien capaz de integrarse plenamente con aquel complejísimo simulador de combate? Probablemente no, le contestó una voz desde la parte de atrás de su cabeza. Pero ello no importaba realmente. Los militares estarían contentos mientras se pudiera probar la eficacia táctica del simulador con un enemigo «real». No importaba que el máximo de tiempo que cualquier individuo hubiese aguantado en la cápsula hubiera sido tres semanas. No importaba que el programa hubiese ya eliminado —no, matado— a veintitrés personas. No importaba… y, sin embargo, de una forma que cabría calificar de desnaturalizada, a él le importaba.
El cubículo de seguridad dio una sacudida y se detuvo.
—Jake —gritó Masters a su secretario mientras irrumpía en el laboratorio—. Comunícame con Kellson en el Comprob. Necesitamos otro conejito de Indias.
La mortal trazadora describió un arco a través del oscurecido cielo con el brillo de una estrella recién nacida, y después descendió rápidamente hacia las grandes hojas verdes de la jungla. Momentos más tarde, Charlie Piggs soltó un gruñido de aprobación mientras el denso muro de plantas estallaba en llamas y un grito de dolor resonaba desde detrás de la cortina viviente que hasta entonces había ocultado al enemigo.
—¡Bravo, Charlie! ¡Un impacto directo! —exclamó Peter Bench dando una palmada en la espalda a su amigo. Después preguntó:
—¿Cómo lo hiciste?
Riggs levantó lentamente las manos de los controles del juego de video, como si fuese un virtuoso que hubiese acabado de tocar en el piano una difícil pieza musical.
—Todo es cuestión de dedos —se jactó mientras se volvía hacia Bench—. Los diez dedos mágicos y esto. —Se golpeó el costado de la cabeza para indicar que su inteligencia había sido la fuerza conductora de su pericia en el juego con las máquinas de la sala.
—¡Asombroso! —exclamó Bench. ¿Cuántas victorias van con ésta?
—Cuarenta y siete —contestó Riggs llanamente, como si su récord de victorias en el juego más difícil que Govcontrol había llegado a inventar careciese totalmente de importancia.
Bench movió la cabeza de un lado a otro, maravillado.
—Vamos —dijo por fin—. Deja que invite al campeón a un trago.
Cogió a su amigo por el brazo y tiró de él hacia la salida de la sala de juegos.
—No puedo.
Bench soltó a Riggs y le dirigió una mirada intrigada.
—Lo siento, Peter, pero he recibido órdenes de ir a ver al de la LC. Hoy es el día del mes que me toca, ya lo sabes.
Una expresión de decepción cruzó la cara de Bench.
—Sí —murmuró—. Lo podemos dejar para más tarde.
Riggs consoló a Bench exhibiendo una amplia sonrisa y alzándose de hombros.
—No tengo elección —explicó—. Si falto a una revisión más, los revisores de libertad condicional me volverán a meter entre rejas.
Marchó apresurado hacía la salida, dejando a Bench plantado delante del video. Después, al llegar al portal, se detuvo y se volvió hacia su amigo.
—Me podrás invitar a beber en otro momento —gritó—. Ya volveremos a vernos.
Tan pronto como pisó la acera, Riggs sintió un inmediato alivio de la tensión que se había ido acumulando en el centro de su pecho. Detestaba a los parásitos, a los aduladores que siempre se le pegaban porque sabían que él era el mejor. Tenerlos a su alrededor hacía más miserable su vida… y sólo ligeramente menos aburrida. «Demonios», pensó mientras recorría la corta distancia que le separaba del MagShuttle que le conduciría al agente que controlaba su libertad condicional, «vencer en los juegos de video no requiere la menor pericia». Comparado con lo que él había hecho con los ordenadores antes de ser enviado a la cárcel, era como si ellos se hubiesen acostado con una prostituta androide. Aquello sí que había sido un auténtico desafío, algo de lo cual él se había sentido orgulloso. También era algo que él sabía que no podría volver a hacer nunca más.
Riggs metió dos monedas de plástico en el torniquete de la estación y después se abrió camino hacia la línea delantera de los pasajeros que esperaban.
—Jódase —gruñó a una mujer gorda que quería impedirle el avance. «Y que se joda todo el mundo», añadió mentalmente para sí mismo. La desesperanza de su situación pareció echársele encima mientras esperaba que apareciese el MagShuttle. Recordó el dolor que había sentido cuando el juez y su sentencia le habían cerrado para toda la vida la posibilidad de poseer un ordenador o de volver a trabajar con uno. Todo lo que le dejaban eran los aburridos y anticuados juegos de video, amigos atontados como Bench y una existencia sin salida en un mundo que avanzaba con la increíble fuerza de un constante proceso de aceleración. Si no ocurría algo pronto que hiciese su vida un poco más emocionante, Riggs sabía que la frustración que hervía dentro suyo acabaría estallando. Y si esto ocurría, pensó mientras subía al tren, entonces más le valdría al mundo andarse con ojo, porque se convertiría con todos los que en él habitaban en otro enemigo electrónico simulado a aniquilar con la pericia de su muñeca.
—Bien, ¿cómo marchan las cosas?
Riggs miró al funcionario durante unos breves momentos y después hizo una mueca.
—Como la mierda es como marchan, señor Kellson. Como la mierda pura, sin adulterar.
John Kellson apoyó las manos alrededor del pequeño tintero de cristal que tenía encima del escritorio y frotó lentamente con los pulgares la fina superficie. Había esperado que Riggs se mostrara de mejor humor en aquella visita, pero pudo ver por la agria postura defensiva de aquel muchacho de cabellos rubios que esta vez no iba a ser diferente de la anterior.
—Está bien, ¿qué te pasa hoy? —preguntó con un suspiro de aburrimiento.
—Las mismas cosas de siempre —contestó Riggs—. Estoy harto a más no poder de todo; no puedo dormir, no soporto a los idiotas que me rodean y estoy cansado de esa estúpida escuela a la que me hace ir usted. —Entornó los párpados y acercó el rostro al de Kellson. —Usted sabe lo que quiero… lo que he de hacer. ¿Por qué el tribunal no reconsidera mi caso y me deja volver a los ordenadores?
Kellson contestó con un tono de voz frío y mesurado:
—Yo no hago las leyes, Riggs. Fuiste declarado culpable de haber forzado un banco de datos de alta seguridad. Esto significa que nunca más podrás tocar un ordenador. En cuanto al resto de tu vida… es cosa enteramente tuya decidir lo que quieres hacer de ella.
Riggs rechinó los dientes con furor. Las palabras del agente no hicieron nada para aliviar la presión que sentía en el interior de su cabeza.
—¡No me salga con la misma mierda de siempre! —gritó—. Se supone que usted me ha de ayudar a reintegrarme en la sociedad. Se sup…
—¡Tómalo con calma, muchacho! —ordenó Kellson—. Ya sé que estás loco. Ya sé que la única cosa que has querido siempre hacer es convertirte en programador profesional de ordenadores. Pero no puedes. Y no hay más que hablar.
Riggs dejó que la rabia se le quedara en la punta de la lengua. Quería escupir con violencia su mortificante frustración, desembarazarse de las emociones que lo embargaban y le envenenaban el alma. Pero no pudo. La expiación de su miseria hubiera sido fútil, un ejercicio sin finalidad que no le habría acercado más a volver a ponerle las manos encima a un ordenador.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó finalmente. Y la pregunta llevaba consigo una afilada dentellada de desesperación.
Kellson permaneció silencioso durante varios minutos y después dijo:
—Buscar otra cosa. —Abrió una pequeña carpeta marrón que había estado desde el primer momento en el lado derecho del escritorio— Buscar… algo como esto.
Señaló una hoja de papel de dentro de la carpeta.
Riggs giró la cabeza hacia un lado y dirigió al agente una mirada sospechosa.
—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Un vale para convertirme en un buen tendero?
—No exactamente —sonrió Kellson—. Es un formulario de excarcelación que te permitirá participar en un programa de pruebas patrocinado por el gobierno.
—Magnífico —soltó Riggs—. ¿Significa esto que voy a tener que pasar el resto de mi vida enganchado a un acumulador de esperma federal?
—Escucha, Riggs —gritó Kellson—. No creo que haya nada que me obligue a proponerte esto. O dejas de utilizar ese vocabulario o nos olvidamos de todo, te largas de mi despacho y por mí puedes irte al infierno.
—Está bien, está bien. Seré bueno. ¿De qué trata ese programa? —Riggs curvó los labios en una expresión mitad de burla y mitad de sonrisa.
—Es sobre simulaciones mediante ordenador. De eso se trata.
Ensanchando los ojos, Riggs miró al agente con incredulidad.
—¿De qué ha dicho que trata? —preguntó vacilante, temeroso de que lo que había oído no fuese lo que Kellson había dicho.
—El gobierno necesita alguien para probar su sistema de simulación de combate. Yo pensé que tal vez te gustaría intentarlo.
Súbitamente, en la parte de atrás del cuello de Riggs se formó un nudo sólido de excitación que después descendió por el centro de su espina dorsal.
—Pero… pero… yo pensaba que usted había dicho que yo no podría trabajar con ordenadores. Yo pensaba…
—No vas a tener acceso a las máquinas —le interrumpió Kellson—. Sólo serás sometido a ellas. Lo que se necesita es tu mente para controlar la simulación. Si te interesa, el director del proyecto te podrá explicar todos los detalles. ¿Quieres hacerlo?
Riggs se sintió de repente como el condenado a la horca que, al pie del cadalso, acaba de recibir un indulto de última hora. Con la oferta de Kellson, su sueño de trabajar de nuevo con ordenadores había renacido instantáneamente de entre los escombros causados por las estupideces infantiles realizadas por el chiquillo que había sido. Ni siquiera pensó que el empleo con el simulador no le devolvía completamente la libertad; sólo le daba un nuevo comienzo, un punto de partida para las nuevas oportunidades que podrían llegar.
—¿Cuándo empiezo? —preguntó por fin, en un tono de renovada autoseguridad.
—Concertaré una entrevista con el director del proyecto para mañana por la mañana.
—Gracias, señor Kellson —dijo Riggs, con sinceridad—. Muchas gracias.
—Es un placer, Riggs —contestó el agente—. Habría hecho lo mismo por cualquiera de los que están en tu situación.
El edificio que albergaba la Dirección General de Estudios de Biomnemotecnia tenía el típico aspecto funcional propio de todos los parques industriales: unos cimientos de material plástico que soportaban paredes de material plástico, que sostenían a su vez un techo de material plástico. Se había convertido en el estilo arquitectónico distintivo de la última revolución del silicio, pensó Riggs. Y era feo. Pero a él no le importaba el aspecto que tenía el edificio. Era un lugar que mantenía la promesa de que podría alcanzar su objetivo: trabajar con aparatos ultramodernos de tratamiento de datos.
Riggs subió apresuradamente el corto número de escalones hacia la entrada de la oficina de su nuevo jefe.
—Por una nueva vida —dijo en voz baja mientras hacía una pausa antes de pasar al interior—. Y porque haya quedado atrás este período de desánimo. —Tomó una profunda bocanada de aire fresco y empujó con aplomo la puerta de entrada.
—¿Puedo servirle en algo? —preguntó una joven de cabello oscuro tan pronto como Riggs entró en la recepción del edificio. Estaba sentada tras su escritorio gris de metal y dirigió una mirada inquisitiva al muchacho.
—Sí, por favor —contestó él, inmediatamente—. Mi nombre es Riggs, y vengo a ver al doctor Masters. — Sonrió y añadió —: Mi cita era para las diez en punto.
La mujer no dijo nada. Bajó la cabeza y se puso a hojear sin prisa una libreta de notas negra que estaba en el centro del escritorio. Cuando encontró la página que había estado buscando, se volvió en su asiento y apretó un botón de la centralita telefónica instalada en la pared que tenía detrás.
—¿Doctor Masters? —inquirió cuando contestaron al otro extremo de la línea—. Doctor, tengo aquí a cierto señor… —volvió los ojos hacia Riggs.
—Riggs, Charlie Riggs.
—Tengo aquí al señor Charlie Riggs, que viene a verle a usted —continuó la mujer. Quedó en silencio durante unos segundos y después apretó otro botón de la centralita.
—Sírvase sentarse, señor Riggs —anunció cuando se hubo vuelto hacia el muchacho—. El doctor Masters saldrá dentro de unos momentos.
—Gracias. —Riggs cogió una silla de cerca del escritorio de la mujer, pero antes de que tuviese oportunidad de sentarse, un hombre alto, de cutis rugoso, salió a través de un par de puertas giratorias que había en un extremo de la recepción y avanzó hacia él.
—Soy el doctor Jacob Masters —dijo el hombre mientras tendía la mano—. Y usted debe de ser el señor Riggs. Habíamos perdido la esperanza de verle hoy.
Riggs estrechó la mano del doctor y después dijo:
—Perdóneme, señor. Se me hizo tarde, y…
—No tiene importancia —le interrumpió Masters—. No nos ha causado ningún trastorno.
Riggs dejó escapar un silencioso suspiro de alivio. Hubiera sido estúpido fallar el primer día, pero una huelga en las líneas del MagShuttle había retrasado su llegada en más de cuarenta y cinco minutos.
—Gracias, señor —dijo, reconocido.
Masters se volvió hacia la mujer del escritorio.
—Maggie —dijo—, tenga la bondad de registrar al señor Riggs bajo mi responsabilidad. Me haré cargo de cualquier desperfecto que pueda hacer. —Se rió un poco y después se volvió hacia Riggs —¿vamos a ello?— dijo, y avanzó hacia la doble puerta.
—Sí, señor —contestó Riggs.
—Entonces, sígame. —Masters precedió a Riggs a través de las puertas y hacia una gran habitación brillantemente iluminada—. Esto es el laboratorio principal —anunció una vez hubieron entrado.
Riggs no podía creer lo que estaba viendo. La sala parecía algo salido de la fantasía de un científico. Tenía diez metros de longitud por diez de anchura, y las paredes aproximadamente la misma altura. Todo el interior estaba pintado de color blanco mate, severo; y en el centro de la sala, una enorme columna cilíndrica se alzaba hasta el techo. A lo largo de una de las paredes, en diversas hileras de estanterías, había un despliegue increíble de aparatos electrónicos.
—Cielo santo —murmuró Riggs entre dientes, mientras avanzaba hacia la cornucopia de aparatos registradores de datos—. Deben ustedes de tener línea directa con los principales bancos de datos del gobierno.
—Digamos que tengo mis propios recursos —dijo Masters, sonriendo.
—Yo diría que sí —repuso Riggs, alargando la mano y tocando una pequeña caja amarilla con el dedo índice—. Esto es una ampliadora de imágenes Stilweld. Yo pensaba que sólo había unas pocas, distribuidas entre algunos laboratorios de investigación de alta seguridad.
—Así es, en efecto.
Riggs echó una mirada rápida a Masters y después apartó lentamente el dedo de la ampliadora. Una extraña sensación de incomodidad ensombreció de pronto su todavía boyante optimismo acerca del nuevo empleo y envió un estremecimiento a lo largo de su columna vertebral, para luego desaparecer rápidamente.
—¿Cuál es exactamente el trabajo que he de hacer aquí? —preguntó.
—Hemos de subir arriba para poderle contestar a eso —dijo Masters—. A la Sala Esterilizada. —Señaló la Columna del centro de la habitación y añadió—: Tomaremos el cubículo de seguridad. Es un medio más rápido.
Riggs siguió al doctor hacia el cubículo. Ninguno de los dos dijo nada mientras el aparato con paredes de cristal efectuaba el corto viaje hacia la Sala Esterilizada. Después se detuvo suavemente.
—Es aquí —dijo Masters, tras unos breves momentos de silencio—. El sitio donde trabajará usted.
Riggs echó una mirada a la sala. Tenía el mismo aspecto que el laboratorio de abajo, pero era más pequeña y estaba desprovista de aparatos. A un lado, a unos tres metros de la esclusa neumática del cubículo de seguridad, había un gran artefacto en forma de huevo. Descansaba sobre un soporte de metal pulido, formado por cuatro brazos que parecían enormes vainas vegetales vueltas del revés.
—¿Qué es eso? —preguntó por fin mientras se movía hacia el huevo.
—Eso, señor Riggs, es el simulador de combate. Si las cosas marchan bien, pasará usted una buena temporada en su interior. —Sonrió mirando al muchacho y le dio unas palmadas paternales en la espalda— ¿Le gustaría echar una mirada?
Otra punzada de inseguridad recorrió la espina dorsal de Riggs, pero se zafó de ella rápidamente.
—Desde luego —contestó con firmeza, tratando de impedir que su voz denunciase aquel nerviosismo irracional.
—Bien. Póngase uno de ésos. —Masters agarró el asa de una pequeña plancha que se recortaba sobre el suelo del cubículo y tiró de ella. La tapa se abrió y reveló un compartimento donde había una pila de monos de trabajo cuidadosamente doblados—. Tenga —dijo el doctor mientras entregaba uno a Riggs—. No queremos que entren gérmenes en la Sala Esterilizada.
Riggs se puso rápidamente el mono por encima de su ropa de calle y se colocó la mascarilla que la prenda llevaba adosada.
—Preparado —anunció, con voz amortiguada.
Masters hizo una señal con el pulgar hacia arriba, después de haberse ajustado su propia mascarilla; a continuación empujó los faldellines de goma que cubrían la esclusa neumática del cubículo y salió a la Sala Esterilizada.
Riggs siguió al doctor y se situó a su lado, frente al simulador.
—Lo llamamos cápsula Dessubah de simulación de combate —explicó Masters—. Lleva el nombre de su inventor, el doctor Charles H. Dessubah. — Rodeó lentamente la cápsula y se detuvo ante una pequeña escotilla abierta. —Adelante, Riggs. Meta la cabeza y eche una buena mirada.
Riggs se quedó inmóvil durante un momento, y después, de modo vacilante, obedeció a la invitación del doctor. El interior de la cápsula no era tan complicado como él había pensado que sería. Nada del laberinto de instrumentos y cables que él había esperado; el centro de control del simulador consistía en un circuito multiplex de entrada y salida de datos, instalado en el mamparo situado frente a un asiento acolchado y reclinado. Evidentemente, todas las piezas que movían la cápsula estaban situadas en otro lugar, pensó Riggs mientras sacaba la cabeza fuera del simulador. Pero, entonces, ¿qué necesidad había de un mecanismo tan elaborado sólo para alojar al tripulante?
—Bien, ¿qué le parece? —preguntó Masters.
—¿Cómo funciona?
—En realidad, es un concepto sencillo. Se basa en la idea de que un ser humano puede responder a cambios de situaciones tácticas más aprisa de lo que lo haría un ordenador por sí solo. Sometemos al sujeto a una ambientación total… —Masters hizo una pausa y después dijo—. Si ha visto bastante, podríamos quitarnos los monos mientras le voy explicando el resto de nuestro sistema.
Riggs asintió con un movimiento de cabeza y siguió al doctor de nuevo hacia el cubículo de seguridad.
—Como le estaba diciendo, sometemos al sujeto a una ambientación total mediante un sistema que le proporciona nutrición, oxígeno y estímulos cotidianos normales. Todo esto se le suministra a través de un tubo que, a modo de cordón umbilical, llega hasta el simulador desde el laboratorio. —Masters se interrumpió y miró a Riggs
—¿Ha comprendido lo que le he explicado hasta ahora?
—Creo que sí.
—Bien, le encontrará más sentido una vez haya tenido oportunidad de leer el manual que le proporcionaremos.
Masters dirigió al muchacho una sonrisa tranquilizadora y después continuó con la descripción del simulador.
—Todo se le suministra a través de esta especie de cordón umbilical, incluidos los datos sobre el combate durante una práctica real contra los muchachos de la academia militar.
—¿Entonces, yo seré el enemigo? —preguntó Riggs—. ¿Tendré que enfrentarme a verdaderos oficiales de las fuerzas armadas?
—En efecto. Éste es el propósito de todo el proyecto. ¿Le hace sentirse nervioso?
—No —mintió Riggs—. No, en tanto que yo tenga una posibilidad de luchar.
Masters apretó un botón para activar el descenso del cubículo de seguridad hacia el laboratorio.
—No se preocupe por esto —dijo, mientras el compartimento se ponía en movimiento—. Nosotros cuidaremos de usted desde abajo.
Mientras el huevo de simulación de combate desaparecía de su campo visual, Riggs volvió a sentir el cosquilleo de su anterior intranquilidad. Pero esta vez duró más y le afectó más intensamente. ¿Podía ser que Kellson le hubiera engañado? ¿Había en aquel trabajo más peligro del que Masters estaba dispuesto a admitir? Las preguntas se acumularon en su mente y le instaron a hacer algo en defensa de su arruinada vida.
—Más vale —dijo por fin. No había usado un tono de voz airado desde su entrevista con Kellson.
—Se le llama el efecto del día y la noche de Brahma —explicó Masters—. Cuando uno está dentro del simulador, todas las funciones normales del cuerpo le son reducidas a un nivel tan bajo que podemos alargar la vida del sujeto indefinidamente: durante un día y una noche de Brahma.
El general de brigada Green frunció los labios.
—Refresque mi memoria, doctor —dijo—. ¿Cuánto tiempo es ése?
—Pues, según la religión india, señor, son más o menos ocho mil millones de años. Desde luego, nosotros no esperamos poder mantener vivo a un hombre durante tanto tiempo, pero…
—Pero lo están intentando —interrumpió Green. Miró a Masters con expresión escéptica en el rostro—: ¿Qué le hace pensar que el tipo que tienen ahora encerrado ahí durará más que cualquiera de los que le han precedido?
Masters se aclaró la garganta y después contestó:
—Hemos hecho algunas modificaciones importantes en la forma en que el sujeto accederá a los ordenadores.
—¿Por ejemplo? —preguntó el general impacientemente.
—Las conexiones —dijo Masters—. En vez de usar conductores eléctricos convencionales para unir el cerebro con el sistema, hemos pasado a utilizar un proceso completamente biológico. Se usará una solución de electrolito hípersaturado para llevar las respuestas neurales del sujeto a los ordenadores y viceversa. Esperamos que esto elimine totalmente el problema de la realimentación.
—Y que pare también la matanza —añadió Green.
—Si, señor.
El general miró la cápsula de simulación y después volvió la vista hacia el doctor.
—Está bien —dijo, con un suspiro—. Autorizaré otra prueba. Dios sabe cuánto me ha presionado el comandante de la academia para que deje que sus candidatos a oficiales tengan una nueva oportunidad de practicar verdaderos juegos de guerra.
Masters sonrió y estrechó la mano de Green.
—Muchas gracias, general. Le prometo que esta vez tendremos éxito.
—Sí… —murmuró Green—. Pero antes de marchar, quisiera saber una cosa.
—¿Qué cosa, señor?
—¿Cómo encuentran a estos valerosos hombres que voluntariamente sacrifican el resto de su vida a este proyecto?
Masters hizo una pausa, y después contestó:
—No es demasiado difícil. Sólo se ha de saber dónde hay que ir a buscar.
—Señor Riggs, comenzaremos dentro de cinco minutos.
La voz suave, incorpórea, pareció flotar en la mente de Riggs como una tira de corchos de colores fluctuando a lo largo del río canalizado que, de algún modo, conectaba su conciencia con el mundo exterior. No oyó realmente las palabras tanto como las sintió. Y, sin ninguna sensación de esfuerzo, su cerebro formó inmediatamente una respuesta. «Mensaje recibido y comprendido», susurró su tejido cerebral. Después, todo cuanto le rodeaba se hizo oscuro, caliente y muy, muy confortable.
—Inserte la cuenta atrás en su pantalla —ordenó Masters. Estaba de pie delante de un gran tablero de mandos lleno de relampagueantes pantallas de video y con las manos colocadas delicadamente encima de un teclado central.
—¡Insertada! —contestó un técnico.
El doctor mantuvo los ojos fijos en la pantalla central de su tablero de mandos hasta que un breve mensaje confirmó la inserción.
—Muy bien, caballeros —anunció, mientras volvía su atención hacia el teclado—. Daremos comienzo a las operaciones exactamente dentro de sesenta segundos.
—Sesenta segundos, señor Riggs —dijeron los corchos de colores.
Riggs sintió que dentro suyo se formaba una extraña tensión. Pero esta tensión no le estrangulaba los músculos del pecho como había hecho el tipo de tensión que había experimentado antes. No le laceraba la mente ni le retorcía los nervios ni le hacía temer el futuro. Al contrario, aquella extraña sensación pulía la superficie de su conciencia y la hacía centellear con miles de facetas brillantes y reflectoras. De pronto, todas las reservas de intelecto que él sabía que se ocultaban en las profundidades de su cerebro se abrieron e inundaron su conciencia.
—Treinta segundos, señor Riggs.
El corazón le latió furiosamente ante la proximidad de su primera simulación de combate.
—Veinte segundos.
Se le aceleró la respiración.
—Diez segundos.
Todo su ser adquirió vida para la embestida final hacia lo desconocido.
—Cinco… cuatro… tres…
—¡Estamos en línea! —gritó el técnico.
Jacob Masters contuvo el aliento durante un breve instante.
—Que funcione, que funcione, que funcione —dijo en voz baja para sí—. Por favor, por el bien del proyecto, que funcione esta vez.
La cápsula Dessubah de simulación de combate saltó fuera de su soporte como un animal enorme atacando a alguna presa invisible. Arrastrando como una cola el cordón umbilical, el simulador se alzó tres metros en el aire inmóvil de la Sala Esterilizada y después se detuvo en seco. Momentos más tarde, inició un rapidísimo movimiento giratorio alrededor de su eje central. Unos potentes y chisporroteantes rayos de fuego eléctrico brotaron de lo alto de la cápsula y recorrieron su fino exterior. La energía recién liberada se extendió sobre el revestimiento del simulador, formando un espeso envoltorio protector de gas caliente ionizado. Después, casi tan aprisa como se había puesto en movimiento, el aparato se instaló en posición en lo alto de su plataforma transparente de fuerza magnética, convertido en un huso achatado de luz brillante y multicolor que giraba rápidamente, sostenido por alguna poderosa mano invisible.
Riggs, instintivamente, se resistió al inesperado movimiento del simulador. Después, del mismo modo inesperado, se entregó totalmente a la voluntad del aparato. Pareció como la cosa más natural que se había de hacer, como si él y la cápsula se hubiesen convertido instantáneamente en una entidad única: un hombre-máquina.
Tan pronto como los bruscos movimientos del simulador se interrumpieron, sintió la hilera de corchos que súbitamente se introducía en su cabeza. Le lavaron la mente y taparon las grietas que había en su comprensión del funcionamiento de la cápsula. Se deslizaron a través de todo su ser, encontrando dentro suyo lugares que él nunca había sospechado que existieran. Esto le llevó a una total comprensión de lo que se esperaba que hiciera durante la simulación de combate. Y revelaron el verdadero motivo de su elección para el experimento. «Los cabrones —pensó—, los muy cabrones». Entonces, el entorno interior de la cápsula cambió.
Masters acercó a sus labios el micrófono del pequeño transmisor-receptor.
—Sí, general —dijo—. La señal para la primera simulación acaba de entrar en la cápsula.
—Excelente —contestó entre parásitos atmosféricos la voz de Green—. Avísenme inmediatamente si surge algún problema.
—Sí, señor. —Masters desconectó el aparato de comunicación y después miró las pantallas de video de su tablero de mandos. Los canales de entrada procedentes de la academia militar trazaron su inconfundible señal a través de tres de sus doce monitores. Los otros nueve centellearon con diversos mensajes, de los que Masters pudo inferir que todo dentro del simulador estaba conforme con los parámetros predeterminados del programa. «De momento, bien», pensó él mientras se permitía una leve sonrisa de orgullo por la eficacia que demostraba el nuevo sistema. «De momento…».
Una súbita alteración en la forma de las ondas de una de las pantallas de entrada de la academia pulverizó los pensamientos de autofelicitación del doctor. La onda había cambiado su forma normal de proporciones constantes para mostrar una línea errática y escarpada.
—¿Qué demonios pasa con la línea dos? —gritó a su ayudante.
Después de comprobar sus instrumentos, el técnico se volvió hacia Masters y dijo:
—Mis lecturas indican que todo funciona normal.
El doctor contempló la línea dentada durante un prolongado instante. «Esto no tiene sentido», pensó. Los instrumentos del técnico habían sido conectados al sistema antes de que él conectara los suyos. Aquello podía significar que la extraña señal debería haber sido captada…
Un exceso de corriente hizo disminuir la intensidad de las luces del laboratorio. Cuando volvieron a la normalidad, los ojos del doctor se habían ensanchado de miedo. Los otros dos canales de entrada de la academia habían cambiado también y mostraban la extraña línea mellada. Masters se dio cuenta de que las líneas melladas sólo podían tener una procedencia: tenían que salir del interior de la cápsula, ¡tenían que salir del cerebro de Charlie Riggs!
La reja de fósforo verde tridimensional se materializó alrededor de Riggs en menos de un nanosegundo. Una esfera hecha de miles de líneas entrecruzadas lo envolvió completamente y brilló con un resplandor que él encontró más real que todo lo que había experimentado antes. Entonces, mientras examinaba lentamente el interior de la cobertura generada por el ordenador, un extraño ruido le asaltó el oído.
«¡Skepk-skepk-skepk!», el extraño ruido resonó dentro de su cabeza.
De pronto, cinco recuadros de la reja estallaron en un chorro de llama amarilla. Una fracción de segundo más tarde, un estrecho rayo de luz blanca pasó junto a su mejilla y chocó contra la pared de la esfera, detrás suyo.
«¡Calor!» gritó su mente. Después, el fluido río de conocimiento dijo: «Arma de partículas-coordenadas 23-12 ha fallado».
El miedo, junto con una pérdida de confianza que le destrozaba los nervios, corrió a través del cerebro de Riggs. La simulación de combate había empezado y él se sentía totalmente falto de preparación para enfrentarse al desafío de su invisible oponente.
«¡Skepk-skepk-skepk!». El sonido de la muerte que se acercaba llegó de nuevo.
Riggs giró en el interior de la reja, buscando el lugar de donde surgiría el rayo de partículas. «¡Por favor, ayuda!», rogó su mente. Casi tan pronto como el grito de petición de ayuda se hubo formado, una oleada de valiosos datos irrumpió en su conciencia.
«Usa tu arma fundamental», le indicó el río de conocimientos. «Usa tu inteligencia superior».
Durante un instante, Riggs no comprendió lo que quería decir el ordenador. Después, en una revelación instantánea, comprendió que su inteligencia emparejada con el CPU del simulador formaban una combinación a la que sería imposible derrotar. «Obstruye el canal dos», decidió su mente. Otra sección de la reja relampagueó con fuego amarillo, pero el letal chorro de luz blanca no pasó a través de la protección.
«Ahora, obstruye los canales uno y tres», le ordenaron sus pensamientos, más confiadamente. La integración de su poder mental con el del ordenador parecía progresar a un ritmo cada vez mayor. Con ello llegó a una comprensión más profunda del sistema Dessubah y luego a la del funcionamiento de los mecanismos que hacían operar a la cápsula.
Una intensa lluvia de puntos amarillos brillantes estalló sobre la superficie de la esfera, pero los rayos no irrumpieron en su interior. Riggs contempló los puntos y se preguntó si sería posible devolver el fuego a su adversario.
«Sí», contestó la parte electrónica de su cerebro. «Pero primero hemos de consolidar nuestras defensas».
Con la misma facilidad con que habría podido arrancar manzanas de un árbol, Riggs recurría a su amplia memoria y aseguraba cada una de las funciones vulnerables del sistema. Primero, selló la Sala Esterilizada y la llenó de gas tóxico. Después, en rápida sucesión, inutilizó los controles exteriores de la cápsula y las máquinas de creación de entorno. Por fin, desconectó todos los controles del laboratorio de abajo.
«Ahora les demostraré lo que puede hacer un auténtico practicante de juegos», pensó mientras volvía a poner su atención en la reja. Después, con un amplio movimiento de su mano mental, disparó un enorme chorro de energía contra su enemigo.
—¡Maldita sea, tiene que parar eso en seguida! —la voz del general Green chocó contra las paredes del laboratorio—. ¿Me oye, Masters? ¡Que lo pare!
El doctor dejó que el sonido de las enfurecidas palabras del general se mezclaran con la miríada de pensamientos que llenaban su preocupada mente.
—No puedo —dijo por fin—. Es demasiado tarde.
—¿Qué quiere decir con eso de demasiado tarde? ¡El idiota que está dentro de la cápsula ha incinerado completamente la academia militar! ¡Haga algo!
Masters suspiró.
—Riggs se ha hecho con el mando del ordenador y de los mecanismos que le proporcionan oxígeno y nutrición. No podemos intervenir, porque ha levantado una barrera defensiva alrededor de la cápsula. Incluso ha inundado la Sala Esterilizada de gas venenoso.
—¿Y no podríamos cortar la corriente de todo el edificio? —sugirió Green.
—También es demasiado tarde para esto —contestó Masters, fatigadamente.
El general dio pasos de un lado a otro durante varios segundos; después volvió a hablar con Masters.
—¿Qué podemos hacer, entonces?
—Nada —contestó el doctor en voz baja—. Nada, excepto esperar.
—¿Esperar a qué?
Masters miró directamente a los ojos de Green, pero no lo vio.
—Tendremos que esperar —dijo— hasta que transcurran un día y una noche de Brahma.
Ralph Mylius